Sostiene Pereira, una declaración (de libertad)
Sostiene Pereira. Una declaración. Antonio Tabucchi, 1994, 184 páginas. 7,50 euros.
Cuando muere un autor importante, es el momento propicio en el cual nuestros amados críticos literarios analizan su obra con fruición. Muchas veces, como el empleado de una funeraria que no sea de una serie de televisión, apenas consiguen embalsamar su cuerpo para darle un entierro digno. Muchos hablan del escritor y de sus obras más conocidas, y hacen bien. Por suerte, hay sitio para la gente normal, y de eso se trata.
La obra más conocida de Antonio Tabucchi es Sostiene Pereira. Como dato, ya que este recuerdo ha sido culpa de la muerte, su adaptación al cine fue la última aparición en pantalla de otro grande, Marcello Mastroianni. Así, el argumento es tan sencillo que da vergüenza resumirlo porque se sabe que no se está diciendo casi nada: en el verano de 1938, un veterano periodista de un diario vespertino de Lisboa lleva una vida monótona hasta que, por equivocación, conoce a un estudiante implicado en actividades contrarias al salazarismo; a través de Monteiro Rossi y de su amiga Marta—personaje este breve, sensual, escandaloso—va dándose cuenta con renuencia de todo lo que está pasando tras esa cortina de humo de la vida amordazada por la dictadura.
Toda la obra, incluso si se escogen páginas al azar, está repleta de detalles que se van repitiendo y le dan un ritmo impresionante: las conversaciones de Pereira con el retrato de su esposa fallecida, las visitas al café Orquídea donde siempre toma omelette a las finas hierbas y limonadas azucaradas, las conversaciones con un sacerdote, y el amago de traducciones de cuento franceses para intentar publicarlos en la página cultural de su periódico.
No obstante, lo que más ayuda a que esta novela sea una pequeña obra maestra es cómo cuida las formas. De hecho, el libro tiene un esclarecedor subtítulo: una declaración. Pereira va sosteniendo sus palabras a través de todo el libro, y no resulta difícil imaginarlo diciendo todo esto delante de un Juez en un oscuro despacho. Todo ello, filtrado por el arte del autor, lo convierte en un documento de altos vuelos.
Más allá de cómo está escrito, es también importante en este libro qué se busca. Podría afirmarse que es un libro comprometido, con los riesgos que supone calificar cualquier cosa de ese modo. Es una novela que habla de política, pero en la que no hay casi nada explícito que la haga presente. Las alusiones a la dictadura, a la guerra civil española, a la violencia dentro y fuera, son casi invisibles, y a la vez lo condicionan todo. Más que nada, hacen que el libro vaya adquiriendo una dimensión trascendente. En definitiva, habla de la capacidad de una persona normal de transformarse cuando tiene delante de sí misma grandes motivos para hacerlo. En el libro, se comprende y se perdona a quien pudiera parecer un cobarde, pero se aplaude, aunque sea temerario y pueda acabar mal, a quien se acaba por rebelar ante la injusticia. En este sentido, si bien puede parecer un libro triste, no lo es, sino al contrario: la ironía constante, el magnífico final acelerado, todo junto, son incluso capaces de hacer olvidar la pena porque su autor se haya marchado.






