Duérmete ya que tienes colegio.

Blog de crítica de libros por gente normal

Sostiene Pereira, una declaración (de libertad)

Sostiene Pereira. Una declaración. Antonio Tabucchi, 1994, 184 páginas. 7,50 euros.

                        Cuando muere un autor importante, es el momento propicio en el cual nuestros amados críticos literarios analizan su obra con fruición. Muchas veces, como el empleado de una funeraria que no sea de una serie de televisión, apenas consiguen embalsamar su cuerpo para darle un entierro digno. Muchos hablan del escritor y de sus obras más conocidas, y hacen bien. Por suerte, hay sitio para la gente normal, y de eso se trata.

La obra más conocida de Antonio Tabucchi es Sostiene Pereira. Como dato, ya que este recuerdo ha sido culpa de la muerte, su adaptación al cine fue la última aparición en pantalla de otro grande, Marcello Mastroianni. Así, el argumento es tan sencillo que da vergüenza resumirlo porque se sabe que no se está diciendo casi nada: en el verano de 1938, un veterano periodista de un diario vespertino de Lisboa lleva una vida monótona hasta que, por equivocación, conoce a un estudiante implicado en actividades contrarias al salazarismo; a través de Monteiro Rossi y de su amiga Marta—personaje este breve, sensual, escandaloso—va dándose cuenta con renuencia de todo lo que está pasando tras esa cortina de humo de la vida amordazada por la dictadura.

Toda la obra, incluso si se escogen páginas al azar, está repleta de detalles que se van repitiendo y le dan un ritmo impresionante: las conversaciones de Pereira con el retrato de su esposa fallecida, las visitas al café Orquídea donde siempre toma omelette a las finas hierbas y limonadas azucaradas, las conversaciones con un sacerdote, y el amago de traducciones de cuento franceses para intentar publicarlos en la página cultural de su periódico.

No obstante, lo que más ayuda a que esta novela sea una pequeña obra maestra es cómo cuida las formas. De hecho, el libro tiene un esclarecedor subtítulo: una declaración. Pereira va sosteniendo sus palabras a través de todo el libro, y no resulta difícil imaginarlo diciendo todo esto delante de un Juez en un oscuro despacho. Todo ello, filtrado por el arte del autor, lo convierte en un documento de altos vuelos.

Más allá de cómo está escrito, es también importante en este libro qué se busca. Podría afirmarse que es un libro comprometido, con los riesgos que supone calificar cualquier cosa de ese modo. Es una novela que habla de política, pero en la que no hay casi nada explícito que la haga presente. Las alusiones a la dictadura, a la guerra civil española, a la violencia dentro y fuera, son casi invisibles, y a la vez lo condicionan todo. Más que nada, hacen que el libro vaya adquiriendo una dimensión trascendente. En definitiva, habla de la capacidad de una persona normal de transformarse cuando tiene delante de sí misma grandes motivos para hacerlo. En el libro, se comprende y se perdona a quien pudiera parecer un cobarde, pero se aplaude, aunque sea temerario y pueda acabar mal, a quien se acaba por rebelar ante la injusticia. En este sentido, si bien puede parecer un libro triste, no lo es, sino al contrario: la ironía constante, el magnífico final acelerado, todo junto, son incluso capaces de hacer olvidar la pena porque su autor se haya marchado.

Nada: una novela sin más.

Nada. Carmen Laforet. Editorial Destino, Barcelona. 304 páginas. 7,95 euros,

 

Lo primero que se puede decir, sin mucho miedo a equivocarse, es que este libro es especial. Una novela sin más, con todo lo que ello conlleva: viaje en el tiempo, acercamiento a personajes creíbles, juicio de una época y sentimientos a flor de piel. Todo ello, en grado máximo, puede encontrarse en Nada.

 

Los datos biográficos del libro y de su autora son bien conocidos. Premio Nadal en 1945, escrita cuando la autora apenas tenía 23 años, supuso una renovación de la sin remedio parada prosa de la posguerra. Tendencias posteriores de los críticos, gremio denostado en este blog, la han relacionado con el existencialismo posterior. Los más valientes la han valorado junto a Cumbres borrascosas, una de las vacas sagradas de la literatura universal. Bastante habrá de cierto en esto, seguro, pero quizá lo que ahora interesa sea expresar qué supone esta novela para un lector común de nuestros días.

 

Así, la sensación que uno tiene al acabar el libro—lectura que se puede hacer de un tirón en una tarde o una noche sin ocupaciones—es de agobio y compasión. Lo primero, por la atmósfera tan bien recreada de miseria (material y moral) en la que se mueve Andrea, la protagonista; lo segundo, por la empatía que supone ver cómo ella se enfrenta, con timidez pero con decisión, a las grandes pruebas que debe superar a lo largo del primer curso de universidad, motivo de su llegada a Barcelona. Una ciudad que aparece retratada a retazos muy realistas, y donde se hallan a la perfección los mundos que van desapareciendo y emergiendo, consecuencia del final de la guerra y el brusco inicio de la dictadura. En este sentido, cuando la guerra civil y el franquismo se suelen tratar con frivolidad y prejuicios, este libro es una lección de una época destructiva como pocas.

 

No puede haber título más justificado para un libro. Como se puede leer en cada contraportada de las múltiples ediciones de este clásico, Nada alude a lo que hay (o no) tras las bajas pasiones, la pobreza, el desarraigo, el desamor, la envidia y el desprecio. Y, lo que puede ser más preocupante, tampoco concluye que haya mucho detrás en los momentos felices del libro, pocos pero brillantes, pues son como un chispazo que siempre tienen una explicación más oscura. Así, vemos cómo los personajes encarnan virtudes y defectos acusados, pero que se confunden entre sí, como debe ser en una obra maestra de este calibre. Además, también se cumple el canon cuando se observa la evolución de la protagonista, desde una inocencia sin más a una madurez con contenido: todo sin dejar de ser una muchacha buena en el fondo y en la forma. No conozco ningún otro retrato de mujer en la literatura mejor, y que llegue más, que el de esta anónima joven que llega a la antigua, catalana y burguesa calle de Aribau.

 

No obstante, no es una novela para leer cuando uno esté bajo de ánimo, porque puede ser el remate de un mal día. En esto, se parece a otra obra genial, Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, a la que siempre me ha recordado esta novela. Hay que buscarse un momento álgido, casi de euforia, para que el descenso sea menos molesto. De esta manera, quizá el lector se quede con la parte positiva, con el intento fallido de final feliz, con los detalles de sensibilidad, incluso de humor, y otros grandes logros de la obra.

 

Como se acaba de decir, la condición femenina en aquella época es un gran tema de la novela. Veremos muchas mujeres en diferentes situaciones: metidas a monja, cabezas de familia, una hipócrita penosa, una gran belleza mimada por la vida y una protagonista, genial, que intenta moverse entre todas ellas sin tener muy clara su propia identidad. La relación con los hombres de la novela también es muy reveladora, pues estos personajes, amargados por las circunstancias y los recuerdos, reflejan como nadie ese título que, como paradoja, llena de sentido la novela.

 

En breve, un libro único, muy recomendable si se quiere conocer un momento tremendo no tan lejano en el tiempo; una historia que, a buen seguro, tuvo que suceder miles de veces, y que en esta obra se hace realidad a través de la maestría de una gran escritora.

Libertad: una cuestión de elecciones

Libertad. Jonathan Franzen. Salamandra, 2011. 667 páginas. 25 euros.

 

            Hacer una reseña o un comentario a un libro precedido por el éxito no es fácil, porque si uno busca algo en que basarse aparte de la estricta lectura, va a encontrar pocas cosas que vayan más allá de la elevación a santo laico del autor o de la crítica destructiva y envidiosa de quienes sospechan de cualquier atisbo de éxito. O, peor todavía, quienes desconfían de un libro que vende muchos ejemplares y lo condenan de antemano. Como se suele decir, ni tanto ni tan calvo.

En este caso, Libertad no solo está destacada por el éxito comercial—sin el sentido desdeñoso dado por los sesudos críticos a esa antigua palabra—, sino por el reconocimiento de distintos tipos de lectores. En este sentido, hay al menos dos tipos: quienes pueden sentirse identificados con algunos de los personajes, que son una gran mayoría de los habitantes de Estados Unidos, y aquellos que pertenecen a los círculos poderosos que son atacados sin piedad en el libro. Así, no sorprende, pero de todas maneras inquieta, que el presidente estadounidense haya alabado un libro que vapulea a la administración precedente, con respecto a la cual su mandato ha supuesto en teoría un giro radical. Por otra parte, los parabienes de círculos políticos y periodísticos más amplios, incluida una casi inédita portada literaria de la revista Time, no dejan de sorprender también. Salvando las distancias, asombra la pasión por un libro que, puede decirse sin temor a equivocarse, no deja títere con cabeza. En definitiva, que los vapuleados alaben la obra que los vapulea puede significar dos cosas: o se ríen de la caricatura sin intención alguna de hacer examen de conciencia, o bien se han visto tan bien retratados que no ha quedado más remedio que aceptarlo.

En esta novela, revelar el argumento es imposible e indeseable, por lo que casi nada se va a mencionar. Por ello, meterse en sus páginas a palo seco es lo más recomendable. Dicho así suena frío, pero es lo cierto: descubrir poco a poco cómo se van desarrollando las historias, desde un arranque idílico hasta una sucesión acelerada de acontecimientos, usando diferentes niveles de expresión y de recursos, es meterse de lleno en el corazón de la literatura. De esta forma, la temática de la libertad se muestra en todos sus matices, aunque en mi opinión hay uno que domina todos los demás: la libertad como elección y todo lo que ello supone en diferentes momentos de la vida.

Como podrá verse si se lee la novela, el mayor mérito de la misma es que plantea todas estas intrincadas cuestiones casi sin despeinarse, como si nada, dentro del curso fluido del relato. En esto, hay que reconocer que los americanos ganan por goleada a cualquier otra tradición literaria. Por así decirlo, siempre están contando cosas sin parar, mezclando con acierto diálogo, descripción, reflexión…, mientras que, por nuestra zona, la divagación, el escribir como si cada línea fuera una obra maestra, el sentirse en cierto modo superiores, acaba consiguiendo que los libros sirvan mejor para nobles tareas como sujetar muebles o reciclar papel.

Aún más, a quienes les gustaría hacerle más reproches a este libro, pero de momento no han podido, les ha quedado un último recurso: acusar a Franzen de realizar pocos experimentos formales; es decir, de no esforzarse mucho en buscar otras maneras de escribir. Puede tener algo de base esta crítica, en cuanto que se sigue el esquema clásico de mezclar puntos de vista, el monólogo interior y poco más. No obstante, la fuerza de la escritura del autor es tal que puede garantizarse que no se van a echar de menos ciertas florituras que a todo el mundo acaban gustando de vez en cuando.

Por todo lo anterior, lo más importante del libro son los personajes y cómo cada uno de ellos, desde su situación particular, van mostrando diferentes partes del gran tema de la libertad, en un contexto muy concreto—salvo el principio del libro—como el de los Estados Unidos después del 11-S. Así, los poderosos instrumentos del amor, del sexo, de la política, de los negocios, del ecologismo, de la guerra y, por encima de todos, del desencanto y la tensión de las relaciones familiares, todos ellos sin que sobre ni uno, se van mezclando y explicando en un conjunto inolvidable.

En conclusión, quizá no estemos ante una obra maestra colosal como muchos han dicho, pero, desde luego, se acerca bastante, ya que se trata de uno de esos libros que se van leyendo con lentitud porque da pena acabarlos y, cuando al final se terminan, uno se lamenta de que no tengan muchas páginas más.

 

 

Desayuno en Tiffany´s: una cuestión de diamantes

Desayuno en Tiffany´s. Truman Capote. Trad. Enrique Murillo. Editorial Anagrama, Barcelona. 153 páginas. 7,50 euros,

Cualquiera puede darse cuenta, con solo pararse un momento a pensarlo, que los grandes libros tienen diferente significado a lo largo del tiempo. O, como diría alguien más relamido, diferente percepción. Quienes los leen viven en épocas diferentes y sus circunstancias condicionan su opinión sobre cualquier historia.

Con esta pequeña joya pasa algo así, con un añadido propio que lo hace aún más sugerente: la fama de su adaptación al cine, la confusión entre libro y película, no hace sino aumentar el valor de esta obra. No saber dónde acaba uno y empieza otra—a pesar del rechazo que Capote mostró hacia el filme—supone un doble esfuerzo de comprensión, pero también significa que se puede disfrutar el doble de las cosas.

Siempre se dice que un libro es un tesoro. En este sentido, esta novela corta, justo por su reducida extensión, es un libro que se presta a ser leído varias veces a lo largo del tiempo; a destrozar el ejemplar, arrugarlo, a que incluso se rasgue la cubierta en un momento de descuido en algún aeropuerto. Pensar en cómo gusta o no el libro si se lee de adolescente, de adulto o de mayor—o en cada una de las desconocidas fases intermedias entre esas tres edades—daría para mucha especulación que, en el fondo, no sirve para mucho, pero es la delicia de los críticos.

En este sentido, siempre que se habla de la obra de ese homosexual provocador que fue Truman Capote, escritor de enorme talento y triste final, el gatillo apunta a la protagonista. Todo el mundo se refiere a Holly Golightly como un personaje seductor, el mayor de los imaginados por el autor. No le falta razón a ese juicio general. El que diga que no le gustaría conocer a una persona así, es probable que mienta. O que no se conozca a sí mismo. Sin embargo, a pesar de ello, la novela está llena de detalles que van mucho más allá. Como todas las obras maestras, o al menos en aquellas que escapan a etiquetas y otros formalismos, en Desayuno en Tiffany´s encontramos niveles enfrentados en el comportamiento de los personajes y la descripción del ambiente. En el caso de Holly, la alegría pizpireta de su comportamiento—el cariño con el que se dirige al narrador enamorado, sus robos, su inocencia, su sofisticación—tiene un contrapunto magistral en el desarraigo, el peso del pasado, el amor por su hermano y la presencia imperceptible, que se aparece de repente, de los estragos de la guerra. Junto a todo esto, por si fuera poco, aparecen a golpes de genialidad temas de siempre: la hipocresía, el poder, la ambición de escribir algo que merezca la pena, el papel de la prensa, el tráfico de drogas y, entre todos ellos, esa metáfora que siempre supone en la literatura americana la ciudad de Nueva York.

Un tema aparte que siempre se comenta es si puede considerarse a Holly una prostituta al uso, alguien que tiene sexo con sus clientes a cambio de dinero. La ambigüedad del relato alcanza en este punto su mayor arte. Es evidente que hay sexo, y hay dinero, y hay clientes; pero es imposible emitir un juicio rotundo sobre la cuestión. Quizá podría decirse que hay compañía, que hay amantes, y que hay una clase alta que a muchos nos resulta imposible descifrar.

Cuando se piensa en el libro, se nos aparecen imágenes de la película y al contrario. En mi caso particular, leí antes la novela, lo que debe ser un caso raro dado lo famosa que es la película. Como siempre, suele gustar más la primera que la segunda, y este caso no es una excepción. Sin embargo, el rechazo no puede—y no debe—ser frontal, pues en muchos momentos la película alcanza ese ambiente mágico de la novela, e incluso la supera, pues en la imagen de Hepburn alcanzan aún más fuerza frases inolvidables como para leer esta clase de cartas hay que llevar los labios pintados. Otras que quizá no aparecen como tal reflejan la esencia del libro y, más aún, de cierta forma de ver la vida: me da igual ser cualquier cosa, menos cobarde, falsa, tramposa o puta: prefiero tener el cáncer que un corazón deshonesto. Y esto no significa que sea una beata. Soy una persona práctica. De cáncer se muere a veces; de lo otro, siempre.

Amén. Poco más hay que decir: se trata de una cuestión de diamantes. Imprescindible.

El Decamerón

Decamerón. Giovanni Boccaccio. Edición y traducción de María Hernández Esteban. Editorial Cátedra. 1184 páginas. 20,5 euros.

El Decamerón, como quizás muchos ya sepan, es una colección de cuentos, cien para ser exactos. Diez jóvenes (siete mujeres y tres hombres) florentinos escapan de la peste que asola su ciudad a mitad del siglo XIV y se refugian en una casa de campo. Allí deciden contar cuentos para entretenerse mientras pasan los días a resguardo de la plaga. Cada uno de los jóvenes contará un cuento al día, siendo diez el número de días en los que compartirán sus historias.

Este es el marco que usa Boccaccio para introducir los múltiples y variados cuentos que componen el Decamerón. Aunque en muchos momentos los pasajes que unen los cuentos pueden hacerse tediosos, la verdad es que ayudan a darle a toda la obra un sentido de conjunto, facilitando que el lector ávido de páginas pueda leer muchos cuentos de continuo sintiendo que todo está bien entrelazado. Además algunos de estos pasajes no son únicamente de relleno. Uno de los que más destaca es la descripción que el autor hace de la peste bubónica al inicio del libro, metiendo al lector en la vorágine de la enfermedad, como si de una película de infectados zombis se tratase. Se nota que Boccaccio realmente vivió la gran plaga de la peste que sufrió Florencia, y toda Europa, en 1348.

Pero el Decamerón es un libro de cuentos. Los hay bastante largos, casi pequeñas novelas, y muy cortos, poco más de una página. A través de ellos el autor expone su ideología renacentista; el hombre, y no Dios, es el centro de todas las historias. Partiendo de esta base lo temas que Boccaccio trata son diversos, aunque destaca por encima de todos el amor. La vida es para disfrutarla y a ello se dedican la mayor parte de los protagonistas de los cuentos. Este disfrute y deleite llega sobre todo a través de amar y ser amado. Y no un amor platónico, sino un amor material, lo que conlleva que muchos de los cuentos tengan una fuerte carga erótica. En un buen número de casos las historias son auténticos culebrones en los que los protagonistas, ya sean femeninos o masculinos, intentan por todos los medios disfrutar lo máximo posible de su amante, o amantes. También destacan los cuentos críticos con la Iglesia y la hipocresía de los hombres que la sirven o aquellos que denuncian al poder político y al estamento judicial. Aunque estos son solamente los temas que quizás más se repiten. La verdad es que en los cien cuentos hay sitio para un poco de todo, diversidad que se agradece y que el autor busca expresamente.

Como el propio autor confiesa en su conclusión es imposible que todos los cuentos agraden por igual, por eso decide encabezarlos con largos títulos que describan pormenorizadamente su contenido. Si crees que un cuento no va a ser de tu agrado solo saltatelo, ese es el consejo de Boccaccio, y el mío. La verdad es que hay cuentos que son más bien lentos e incluso aburridos, pero la mayor parte de ellos emanan una modernidad que los hace muy actuales.

Por cierto, en la edición con la que realicé su lectura la traductora hizo un maravilloso trabajo, al menos eso me ha parecido a mí, profundizando en el marco en el que Boccaccio ambienta las diferentes historias. Si eres un amante de las notas a pie de página con explicaciones históricas acerca de los lugares y los personajes sobre los que lees esta edición es la tuya, y si no lo único que tienes que hacer es no echarle caso a los numeritos.

Este libro debería ser leído por todos aquellos amantes de la literatura. Si no de corrido, ya que su volumen puede echar hacia atrás a más de uno, sí poco a poco, picoteando de cuento en cuento.

PD: Si tenéis la posibilidad, intentad leerlo en compañía y en voz alta. ¿Qué mejor manera de disfrutar de la experiencia del Decamerón que poniéndote en la piel de sus protagonistas?

300

300. Guión y dibujo Frank Miller. Color Lynn Varley. Original 1998 Dark Horse Comics. Hay múltiples reediciones. 82 páginas publicado en un único tomo. 15 euros.

Hoy voy a hablaros de un cómic que la mayoría de vosotros seguramente conocéis por su adaptación cinematográfica.

De ambientación histórica, narra la historia de 300 espartanos contra el ejército de Jerjes, un malvado rey persa que trata de conquistar Grecia. No voy a entrar en la veracidad histórica, la cual no es demasiado fiel. No importa, no queremos una lección de historia, queremos acción, sangre y honor.

Ante todo, lo que encontraremos en este cómic es épica. Todas y cada una de las frases están construidas con la intención de dejar al lector con la boca abierta, un espartano solo habla para decir algo épico. Desde el primer diálogo quieres que sean los vencedores.

300 está escrito y dibujado por Frank Miller, lo que suele ser habitual en este escritor. Generalmente, encuentro que su dibujo es bastante malo, de hecho, hasta leer éste cómic, siempre creí que dibujaba mal. Después de leer 300 comprendí que simplemente no se había esmerado lo suficiente. Según mi punto de vista, el dibujo es exquisito. Planos cinematográficos, todos y cada uno de los personajes de las viñetas expresa algo con la cara y con el cuerpo, no en vano la película es un calco exacto del libro. No suelo darle mucha importancia al color en un cómic, simplemente es algo que habitualmente paso por alto, no me gusta el blanco y negro, pero tampoco le pido demasiado al color. En este caso, el color es una verdadera obra de arte. Crea una atmósfera que encaja exactamente con la temática y el dibujo. En esta obra, el color es igual de importante que el dibujo.

Desde el punto de vista de los personajes, Leónidas, el jefe espartano quizá está demasiado simplificado, además, cualquiera puede parecer poco a la sombra de Jerjes. Soy de la opinión de que en un cómic, casi lo más importante es el villano. En este caso tenemos a un supervillano.

Jerjes, el rey persa.

Es un personaje andrógino, vanidoso y malvado. Por si fuera poco, se cree un dios y tiene a su servicio el mayor ejército de la Tierra. Todos los ingredientes del villano perfecto, lo odias y quieres que lo derroten desde que aparece por primera vez.

Nuevamente, es un cómic en el que la sangre sale a chorretones, pero al contrario que en Predicador, no es explícito, nunca se llega a ver una herida abierta.

Por último resaltar, que aunque el cómic se centra casi todo en una sola batalla y es pura acción, no es una lectura ligera. Por la complejidad de las viñetas, hay que estar bastante pendiente de quién es quién y de qué es lo que está pasando. Sobre todo porque los espartanos van todos vestidos iguales.

Conclusión, muy pero que muy recomendable.

Predicador

Predicador. Guión Garth Ennis. Dibujo Steve Dillon. Original 1995-1998 DC Comics. Reedición 2010 Vértigo, Planeta DeAgostini. 2400 páginas publicado en tres tomos. 35 euros cada tomo.

Jesse Custer

Esta es la primera entrada que publico, así que he considerado que tenía que ser un cómic. Soy una  habitual lectora de cómics desde hace años. Mi padre me regaló mi primer cómic cuando tenía seis años, de Tintín, “Las joyas de la Castafiore”. Posteriormente me regalaron toda la colección de Tintín y la de Asterix. Son cómics considerados para niños. No fue hasta el instituto cuando volví a tener contacto con los cómics. Ahí se abrió un mundo nuevo para mí. Existen los cómics para adultos, es más, éstos no los pueden entender los niños. Por tanto, esta primera entrada es una reivindicación de un género que debe ser considerado como literatura, y no como un divertimiento para niños. Dentro de la literatura para adultos, hay cómics que son verdaderas joyas. El que hoy voy a comentar es una de ellas.

Predicador. El argumento consiste en un cura norteamericano que, cansado de las barbaridades del mundo, va en busca de Dios para pedirle cuentas de por qué ha dejado a la humanidad abandonada a su suerte. Sus dos compañeros de viaje, su ex-novia experta en manejo de armas y un vampiro al que conoce por casualidad. Juntos pelean contra innumerables “malos”, como El Santo de los Asesinos (su nombre es autoexplicativo), o el terrible Herr Starr (integrante de una poderosa asociación que quiere declarar el Apocalipsis).

Jesse Custer, Tulip y Cassidy. De fondo, el Santo de los Asesinos.

Lo tiene todo. Poca fantasía, bastante creíble y acción a tope. Es bastante divertido y el final, por lo menos para mí, no defrauda.

En mi opinón, lo mejor que tiene el dibujo es que el dibujante es el mismo a lo largo de toda la historia, para mí, un detalle fundamental. Hiperrealismo llevado al extremo no apto para estómagos sensibles.

En definitiva, una buena lectura ligera para amantes del pulp y desagradabilidades de los 90. Buen cómic para iniciarse.

Comentario a la nueva edición: Está editado en tres tomos en formato biblia. Los dos primeros son el Antigua Testamento, en el que se desarrolla toda la historia. El tercero, el Nuevo Testamento, son spinoffs y especiales. Creo que también influye todas las portadas. Para mi gusto, prescindible, de hecho ni siquiera me lo he comprado.

Una rareza de novela

Signatura 400. Sophie Divry. Trad. María Enguix Tercero. Editorial Blackie Books. Barcelona, 2011. 107 páginas. 17 euros.

Antes que nada, es necesario poner de manifiesto la existencia de críticas o noticias serias acerca de este libro. Incluso existe una entrevista, empalagosa pero interesante, con el editor del mismo.

Dejando este primer lugar para las posturas de los que saben, pueden decirse muchas cosas de esta pequeña novela, un soliloquio que deja mucho sitio para la imaginación. Una de ellas es que es un libro muy francés, en el sentido de que pone de manifiesto muchos de los tópicos verdaderos sobre este país: el amor por la cultura, la reflexión continua sobre grandes cuestiones filosóficas, el romanticismo cotidiano… todo ello en un entorno dado al ensimismamiento, como el de la bibliotecaria que protagoniza la obra. Una persona modesta, de aspiraciones torcidas, que opina sin complejos y con descaro sobre grandes temas culturales y políticos. Así, sin despeinarse, sabiendo que no tiene nada que perder.

En las poco más de cien páginas del libro (que se leen en los dos ratos que tardan los ojos en recorrer la letra grande del volumen), queda claro lo exitoso de la técnica utilizada por la autora, cuya sugerente fotografía encontramos nada más abrir la novela. Es la técnica declamatoria que se dirige a una persona que se encuentra frente a ella (un supuesto lector que se ha quedado encerrado de noche en la biblioteca pública de una pequeña ciudad), alguien que nunca abre la boca, al menos de forma expresa. Alguien que, podría decirse, está paralizado, medio muerto, como el difunto marido de Cinco horas con Mario. Si este libro era el resumen de una vida desgraciada, allí nos encontramos en el punto medio de una que va camino de serlo. Es el tema central de muchos grandes libros: los malos resultados del simple paso del tiempo.

En definitiva, aunque tenga vicios tolerables como el exhibicionismo cultural, cierta reiteración en la cuestión amorosa—catalizador de la historia que busca la comprensión y la compasión del lector—y, sobretodo, la cursilería de la contraportada, reciclable del todo, se trata de una novela corta y recomendable, un mecanismo de relojería que abre caminos de reflexión y te deja una pequeña sonrisa en los labios.

Hola mundo

Esta entrada no va a ser ni más ni menos ridícula que todos los primeros post de todos los blogs. Estuve tiempo pensando si hacerla o no, pero decidí hacerla puesto que este blog necesita una explicación.
No somos críticos profesionales, ni leemos todas las noches, ni siquiera somos listos. Somos cuatro personas normales, de las que ves en el metro o en el supermercado.
Nuestra intención es contar lo que nos han parecido los libros que nos hemos leído. Una vez al mes, leeremos el mismo libros los cuatro y haremos una crítica cada uno. Así, sabiendo lo que leemos cada uno de nosotros, y contrastando las cuatro críticas, podréis tener una visión de cuádruple sobre el mismo libro.
La motivación de hacer este blog aparece en el momento en que te lees una crítica y dices, bueno, yo al tío este no lo conozco, no sé si lo que opine él sobre un libro va a ser lo mismo que podría opinar yo. A lo mejor no le gusta Bruce Willis, o no lee comics, cómo voy a fiarme de alguien así.
Eso es todo. Duérmete ya que mañana tienes colegio!

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